Mano Dura
Las veces que salen discusiones en la facultad en materia penal, he notado que el denominador común es el mismo: “Mano Dura”.
Y los castigos varían desde la pena de muerte, torturas o prisión de por vida. Pero no mucho más. Parece ser que la única forma de penar a alguien que se comportó mal es de la misma manera que él mismo actuó. Siempre digo que todos tenemos un "facho" dentro, todos en alguna situación tuvimos ganas de matar a alguien. Este sentimiento bajo y estúpido es muy básico en el instinto humano, por eso es tan fecundo en la derecha.
Creo que la pregunta que divide las aguas para saber en qué posición se encuentra cada uno es la siguiente: Ante un crimen, ¿usted busca con mayor fuerza el castigo del delincuente o su reinserción en la sociedad?. Por supuesto que cuando alguien comete un delito debe ser juzgado y darle una pena proporcional, como también que si llega a existir un caso en que resulta imposible reincorporarlo a la sociedad se lo debe dejar apartado de ella para su seguridad y la de los ciudadanos.
Los delincuentes son seres humanos y en pocos casos son insalvables y siempre se debe intentar reincorporarlos a la sociedad. Las cárceles son un invento antiquísimo y nunca han solucionado el tema de la delincuencia en forma total. Incluso hoy en día todavía sirven como lugar donde los prisioneros aprenden nuevas tácticas criminales en vez de tratar de llevarlos por el buen camino.
Me parece que cada caso es un mundo y hay que dirigirse al contexto y la historia particular de esa persona. Nosotros nunca podremos saber cómo hubiéramos actuado de estar en sus zapatos. Influyen muchísimas cosas como la familia, niñez, la situación económica, si pertenece a un grupo étnico o religioso, etc. Y si una vez esa persona se equivocó es importante darle una nueva oportunidad y corregir sus errores, a lo mejor él ni siquiera lo veía como algo erróneo sino natural.
Por el mero hecho de ser hombre o mujer se merece intentar el cambio. Y no como a nuestro amigo drugo Alex en la novela de Anthony Burguess, sino con métodos humanos siguiendo a la propia voluntad del recluso. Siempre he preferido un delincuente en libertad que un inocente en prisión.
Y los castigos varían desde la pena de muerte, torturas o prisión de por vida. Pero no mucho más. Parece ser que la única forma de penar a alguien que se comportó mal es de la misma manera que él mismo actuó. Siempre digo que todos tenemos un "facho" dentro, todos en alguna situación tuvimos ganas de matar a alguien. Este sentimiento bajo y estúpido es muy básico en el instinto humano, por eso es tan fecundo en la derecha.
Creo que la pregunta que divide las aguas para saber en qué posición se encuentra cada uno es la siguiente: Ante un crimen, ¿usted busca con mayor fuerza el castigo del delincuente o su reinserción en la sociedad?. Por supuesto que cuando alguien comete un delito debe ser juzgado y darle una pena proporcional, como también que si llega a existir un caso en que resulta imposible reincorporarlo a la sociedad se lo debe dejar apartado de ella para su seguridad y la de los ciudadanos.
Los delincuentes son seres humanos y en pocos casos son insalvables y siempre se debe intentar reincorporarlos a la sociedad. Las cárceles son un invento antiquísimo y nunca han solucionado el tema de la delincuencia en forma total. Incluso hoy en día todavía sirven como lugar donde los prisioneros aprenden nuevas tácticas criminales en vez de tratar de llevarlos por el buen camino.
Me parece que cada caso es un mundo y hay que dirigirse al contexto y la historia particular de esa persona. Nosotros nunca podremos saber cómo hubiéramos actuado de estar en sus zapatos. Influyen muchísimas cosas como la familia, niñez, la situación económica, si pertenece a un grupo étnico o religioso, etc. Y si una vez esa persona se equivocó es importante darle una nueva oportunidad y corregir sus errores, a lo mejor él ni siquiera lo veía como algo erróneo sino natural.
Por el mero hecho de ser hombre o mujer se merece intentar el cambio. Y no como a nuestro amigo drugo Alex en la novela de Anthony Burguess, sino con métodos humanos siguiendo a la propia voluntad del recluso. Siempre he preferido un delincuente en libertad que un inocente en prisión.

Sobre la pena de muerte y las torturas no creo que haya mucho que hablar. Ya hay hasta tratados internacionales que las prohíben aunque siga siendo práctica frecuente, incluso en el Primer Mundo. En una oportunidad un profesor de esta casa hizo una especie de apología a la pena de muerte en caso de los violadores, sin lugar a dudas los peores criminales que podemos imaginar. El profesor preguntó qué haríamos si llegamos a nuestras casas y encontramos a uno de estos muchachos abusando de un familiar. Me parece que el planteo está mal formulado. Yo que estoy totalmente en contra de la pena de muerte, y aunque varios me tilden de garantista, seguramente si entran a mi casa soy capaz de matar al violador. Lo que ocurre es que hay que tomar distancia del ejemplo, obviamente que no es lo mismo si le pasa a uno que a un tercero. Justamente la sociedad algo ha avanzado a través del tiempo y no se hace justicia por mano propia, sino que existe todo un aparato de represión estatal que es el que tiene el monopolio legítimo de la violencia para determinar qué le corresponde a cada uno.
Nunca entendí cómo un cristiano con todas las letras puede llegar a apoyar estas prácticas nefastas, tan alejadas de los valores de la dignidad humana y tan cercanas a un famoso ex-gobernador texano. Pero sí concuerdo con Woody Allen cuando dice que “es cuestionable si la pena de muerte sigue siendo un disuasivo, aunque estudios recientes muestran que la probabilidad de que los criminales cometan otro delito cae casi a la mitad después de ser ejecutados”.
El temor a la inseguridad es sin dudas la herramienta más eficiente de todas. Todos sabemos que es mejor ser temido que amado y no hay nada más fácil que manejar a una sociedad con miedo. Cuántas libertades y derechos que puedo aplastar con la excusa de mayor seguridad. Sino observen que pasa en USA o lean esa distopía que describe Orwell en “1984”.
Otra cosa que me desespera pero no quiero extenderme más es la estupidez de tener armas en la casa por seguridad cuando hay estudios hechos y las estadísticas señalan que es más probable que un miembro de la familia reciba un disparo que un ladrón.
Pero sin dudas el punto que más me llama la atención es la gran diferencia que hay entre la justicia para pobres y la que es para ricos. O incluso como se persigue más a un simple ladrón que a altos funcionarios públicos que encima si caen salen enseguida o consiguen en prisión pero en su cómodo domicilio. Y lo peor es que la sociedad toma esto como si fuera normal. Obviamente que hay muchas notas de Foucault en lo que escribo y este autor de “Vigilar y Castigar” escribe que un crimen que espanta la conciencia es a menudo de un efecto menor que una fechoría que todo el mundo tolera y se siente dispuesto a imitar por su cuenta. Rareza de los grandes crímenes; peligro en cambio de las pequeñas fechorías familiares que se multiplican.
Pero volviendo al tema de la diferencia entre pobres y ricos, también creo necesario analizar la situación de cada caso y las particularidades que llevaron a esas personas a actuar así. Foucault en el mismo libro se pregunta si de dos hombres que han cometido el mismo robo ¿hasta qué punto aquel que tenía apenas lo necesario es menos culpable que el que nadaba en la abundancia? Y este es un problema que moldea nuestra mente no sólo en materia penal sino que ocurre en otros ámbitos de la vida. De la misma forma, un rico con pistola es precavido, un pobre con pistola un delincuente. Un rico con manicura es un playboy, un pobre con manicura es un maricón.
A modo de conclusión me parece apropiado citar a Gandhi cuando afirmaba que una mala acción cometida por una de las partes no justifica una acción parecida de la parte contraria. Y si hacemos la ley del ojo por ojo, la humanidad quedará ciega.
Es necesario una mejora en el sistema penitenciario para evitar tantos reincidentes, pero obviamente que esto no quita que haya un castigo para el que actúa de forma errónea, no sólo por el delincuente sino que como dice el mismísimo Foucault: “Nada vuelve más frágil al aparato de las leyes que la esperanza de la impunidad”.
Nunca entendí cómo un cristiano con todas las letras puede llegar a apoyar estas prácticas nefastas, tan alejadas de los valores de la dignidad humana y tan cercanas a un famoso ex-gobernador texano. Pero sí concuerdo con Woody Allen cuando dice que “es cuestionable si la pena de muerte sigue siendo un disuasivo, aunque estudios recientes muestran que la probabilidad de que los criminales cometan otro delito cae casi a la mitad después de ser ejecutados”.
El temor a la inseguridad es sin dudas la herramienta más eficiente de todas. Todos sabemos que es mejor ser temido que amado y no hay nada más fácil que manejar a una sociedad con miedo. Cuántas libertades y derechos que puedo aplastar con la excusa de mayor seguridad. Sino observen que pasa en USA o lean esa distopía que describe Orwell en “1984”.
Otra cosa que me desespera pero no quiero extenderme más es la estupidez de tener armas en la casa por seguridad cuando hay estudios hechos y las estadísticas señalan que es más probable que un miembro de la familia reciba un disparo que un ladrón.
Pero sin dudas el punto que más me llama la atención es la gran diferencia que hay entre la justicia para pobres y la que es para ricos. O incluso como se persigue más a un simple ladrón que a altos funcionarios públicos que encima si caen salen enseguida o consiguen en prisión pero en su cómodo domicilio. Y lo peor es que la sociedad toma esto como si fuera normal. Obviamente que hay muchas notas de Foucault en lo que escribo y este autor de “Vigilar y Castigar” escribe que un crimen que espanta la conciencia es a menudo de un efecto menor que una fechoría que todo el mundo tolera y se siente dispuesto a imitar por su cuenta. Rareza de los grandes crímenes; peligro en cambio de las pequeñas fechorías familiares que se multiplican.
Pero volviendo al tema de la diferencia entre pobres y ricos, también creo necesario analizar la situación de cada caso y las particularidades que llevaron a esas personas a actuar así. Foucault en el mismo libro se pregunta si de dos hombres que han cometido el mismo robo ¿hasta qué punto aquel que tenía apenas lo necesario es menos culpable que el que nadaba en la abundancia? Y este es un problema que moldea nuestra mente no sólo en materia penal sino que ocurre en otros ámbitos de la vida. De la misma forma, un rico con pistola es precavido, un pobre con pistola un delincuente. Un rico con manicura es un playboy, un pobre con manicura es un maricón.
A modo de conclusión me parece apropiado citar a Gandhi cuando afirmaba que una mala acción cometida por una de las partes no justifica una acción parecida de la parte contraria. Y si hacemos la ley del ojo por ojo, la humanidad quedará ciega.

Es necesario una mejora en el sistema penitenciario para evitar tantos reincidentes, pero obviamente que esto no quita que haya un castigo para el que actúa de forma errónea, no sólo por el delincuente sino que como dice el mismísimo Foucault: “Nada vuelve más frágil al aparato de las leyes que la esperanza de la impunidad”.
PAPILLON